Sobre el teletransporte, el subconsciente y la buena literatura.
Mucho más atrevido que Harry Houdini,
Uri Geller no decía ser escapista, más aún, decía ser teletransportista, tal y
como escribió en su autobiografía (Uri Geller,My Story, 1976) y que espero
ninguno de ustedes lea salvo en su lecho de muerte, y solo y únicamente “pa las
risas” justo antes de teletransportarse al Más Allá. Pues bien, el tristemente
famoso Geller afirmó en este libro, del que se conocen dos únicas copias, la
suya y la de su madre, que la teletransportación es posible y a él le sucedió.
Y yo, Ave María Purísima - sin pecado
concebida-, Padre, quiero confesarle que LE CREO. -¡Milagro hijo!- Padre… no sea iluso.
¿Puede ser la teletransportación
equiparable a la pérdida momentánea de consciencia que ocurre en un orgasmo?
Sí. Esto es algo que el ser humano descubre en solitario, a edades diferentes y
que experimenta de forma más o menos satisfactoria. Para Uri Geller debió ser
sublime. Tanto, que escribió un libro entero para contárnoslo.
Pero ojo, que cuando esta pérdida de
consciencia se produce en otras circunstancias menos íntimas, es decir, cuando sucede
y se tiene la puerta de la habitación abierta, es que algo está empujando al
subconsciente a salir a la superficie y uno se descubre haciendo cosas nunca
antes imaginadas. Porque cuando el subconsciente encuentra una brecha hacia lo
consciente, agárrense amigos que vienen curvas: el asunto es solo equiparable a
una posesión demoníaca de esas en las que acabas haciendo el pino puente como
nunca antes en tu vida, y ya se sabe que pillo del Lucífero es porculero y
cuando se encona… se lo pasa uno bien. Los síntomas más comunes en los primeros
momentos son la desorientación, la negación, la culpabilidad y sobre todo un
profundo “Ya coñooooo”. Tras esto, inevitablemente, los chacras se reorganizan
y los propósitos de año nuevo caducan. Venda sus acciones, porque ya no es lo
que era antes. Ahora es un producto altamente volátil.
Sí, querido leyente. Enhorabuena. Se ha soltado usted
la melena. Déjese arrastrar placenteramente por el torrente desbocado de su
propia mierda. Y es que ya se sabe que un mal pedo está mejor fuera que dentro,
y que hasta que no se huele no se sabe cuál ha sido su combustible. Así que
afine usted bien el olfato y descubra el por qué de su podredumbre antes de que
una flojera de esfínter le vuelva a pillar desprevenido.
