Dudas que Google (aún) no recoge en sus resultados de búsqueda y discusiones sobre la felicidad que (aún) no han sido recogidas en el foro de Yahoo!
Actitud
¿Podremos dejar de estar estresados algún día? En palabras de esta psicóloga (vídeo de abajo) sí, y además podemos convertirlo en nuestro amigo. Lejos de ser un sermón sobre optimismo falso, la experta explica que el estrés puede convertirnos en personas más valientes. No es una afirmación alocada. Tras escucharla me convenció. Yo nunca me había planteado convertir el estrés en mi amigo y, sin embargo, si cambiaba de actitud el resultado sería totalmente distinto. Si en lugar de sentirme como una víctima del destino me planteaba ser alguien proactivo, cada vez que me encontrase en una situación dura y complicada sería capaz de aumentar mi resiliencia. De esta manera conseguiría moldear mi carácter y mi forma de ser poco a poco.
No es fácil. Un vídeo de 14 minutos y 29 segundos no tiene la solución. Efectivamente, la solución no está ahí fuera, sino que está en mis manos.
Esfuerzo
Según esta simpática infografía, el 50% de nuestra felicidad viene determinada por nuestra genética, lo cual también significa que el otro 50% depende de nosotros. Cambiar de actitud implica hacer un esfuerzo. Y repito de nuevo, no es fácil, sobre todo porque supone cambiar unos hábitos muy arraigados en nuestro interior. Como propone la infografía, hice el ejercicio de apuntar 3 cosas buenas que me ocurriesen cada día durante una semana. Me pareció una forma facilísima de incorporar pensamientos positivos a mi rutina. Qué sorpresa me llevé cuando vi el papel escrito en mis manos: resulta que sí me pasan cosas buenas y no me había parado a pensar en ellas con detenimiento. Sólo le había dado importancia a aquellos pensamientos que dejaban tras su paso depresiones y agujeros negros en mi autoestima.
Confianza
La vida es una inseguridad continua. Cuanto antes aceptemos esta frase, antes dejaremos de autoengañarnos. Desde pequeños nos educaron a seguir unas reglas, a aprendernos de memoria fechas importantes de la Historia de la Humanidad, a llevarnos bien con todo el mundo y, sobre todo, a buscar algo seguro: casa, coche, relación de pareja, carrera, trabajo, amigos, etc. A día de hoy no me queda muy claro para qué sirven estos imperativos. No es que ponga en duda su utilidad, pero sí su finalidad, pues no conozco a nadie con todos estos atributos y afirme ser “feliz”, o más bien “sentirse feliz”. Nos han enseñado a obedecer y no a ser autónomos. Nos han enseñado a amar la seguridad y no a amar la vida. “Seguro, seguro, la muerte. Lo demás nunca se sabe”, me dijo alguien con unas cuantas canas en su barba. Y no he conocido a nadie MADURO que diga lo contrario.
Estamos acostumbrados a adoptar una actitud pasiva ante los acontecimientos que vivimos, y las cosas “porque sí” o “porque no” no son una justificación válida, seamos sinceros. El problema viene de fondo. Nos falta confianza en nosotros mismos. El ser humano es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra. Tropezamos una y otra vez. No pasa nada; es normal, ya que forma parte de nuestro aprendizaje y experiencia. El problema está en no levantarse, contemplar la piedra y encariñarse con ella, en lugar de levantarse y seguir caminando.
Call to action
En mi colegio, como en la mayoría de los colegios públicos, nos obligaban a jugar al fútbol. Éramos pocas chicas en clase y a ninguna nos gustaba. Yo, en lugar de dar patadas a la pelota daba más patadas a las espinillas de los chicos. Tenía mala puntería y no acertaba a darle a la pelota (jajaja). ¿Por qué no podíamos jugar al voleybol, a la comba o a balón prisionero? Le pedimos varias veces a la profesora que jugáramos a otra cosa. Nos prometió que en el siguiente trimestre jugaríamos al hockey (sería la primera y última vez en nuestra etapa escolar por motivos obvios). Dejando de lado las frustraciones infantiles, ese día no quería ni dar patadas a las espinillas y estuve más enfadada de lo habitual. No entendía por qué tenía que jugar a algo que no me gustaba. El resto de compañeras al menos corrían e intentaban perseguir al chico que tenía la pelota, pero yo ni quise correr. La profesora me vio parada y me gritó desde el otro lado de la pista:
- ¡Corre a por la pelotaaaa! ¿Acaso eres un armario de abuela?
- No quiero. Nunca me la pasan - contesté.
- Da igual. Tienes que ir a quitársela. Muévete.
Lo que me indignó no fue que me regañase ni que me diese órdenes, sino que me hubiese comparado con un armario de abuela. “Tengo 10 años y no soy una abuela”, pensé para mis adentros. Corrí a por la pelota como un toro, se la quité al chico que la tenía y le pegué una patada sacándola fuera de la pista. Estuve todo el partido corriendo detrás de ella dando empujones como si intentase recuperar algo que me habían robado.
- ¡Muy bien! Eso es, ¡quítasela! - gritó la profesora. Se estaba riendo.
Creo que nunca había sudado tanto jugando al fútbol. Desde entonces, cuando los chicos tenían que hacer equipos, pasé a ser una de las primeras elegidas entre las chicas porque “sabía quitar la pelota”.
¡Baila, morena!
Tenemos dos piernas, dos brazos y dos ojos, ¿por qué creemos que otra persona va a solucionarnos la vida y no confiamos en que nosotros mismos podemos solucionarla? ¿Por qué creemos que la felicidad está ahí fuera y no en nuestro interior? ¿Por qué parecemos chicas que están sentadas en una fiesta de primavera americana esperando nerviosas a que el adolescente con granitos de turno venga a pedirnos un baile? ¿Por qué no vamos nosotras primero? ¿Por qué no somos capaces de ir al centro de la pista y bailar como idiotas sin que nos importe el qué dirán mientras canta Michael Bolton de fondo?
No sé si fracasaré o tendré éxito, pero sí sé que, a pesar de mis miedos e inseguridades lo intenté, que hice todo lo que estaba en mis manos para alcanzar aquello que me propuse. Y ya está. Lo que importa realmente es que hice el esfuerzo de cambiar las cosas y no me quedé de brazos cruzados. Aquí empieza la diferencia. Aquí empieza el cambio. Aunque fracase no me iré con las manos vacías porque habré aprendido para la próxima vez que se me presente un reto. Que mi felicidad dependa de las decisiones de otras personas tiene su límite: la responsabilidad que tenemos hacia uno mismo. Esperar a que las cosas se solucionen por sí solas no es una solución. El cambio empieza cuando uno decide tomar las riendas y cabalgar hacia delante.
¿Cuándo fue la última vez que te sentiste feliz? ¿Cuándo fue la última vez que te measte de risa? Si digo “mariposas en el estómago”, ¿quién es la primera persona que te viene a la cabeza? Si no tienes respuesta inmediata o ha llovido mucho desde entonces y te ves en serias dificultades para traerlos al presente, entonces no estás viviendo. Tenemos una juventud preciosa cuya fecha de caducidad depende solamente de uno mismo. Nunca es tarde para reaccionar. La juventud no es una edad, sino un estado mental. Cada vez lo tengo más claro. Empezar por ese ejercicio de “apuntar 3 cosas buenas que te han pasado a lo largo del día de hoy” es una buena forma de empezar a cambiar tu vida. Nadie, absolutamente nadie quiere vivir como un armario de abuela, ni con 10 ni con 70 años.
Puede que el destino dependa de los dioses, pero mi vida depende solamente de mí.
Me gustaría acabar con un fragmento de Walt Whitman (¡Oh, Capitán! ¡Mi Capitán!, RIP Robin Williams):
Nunca ha habido más comienzo que el que hay ahora,
ni más juventud y vejez que la que hay ahora:
y nunca habrá más perfección que la que hay ahora,
ni más cielo e infierno que el que hay ahora.
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