Selecciones necesarias y envergadura de mi identidad
Durante varias horas estuve preguntándome por qué tenía que ser comprensiva, empática, dejar las cosas pasar y sonreír de nuevo al día siguiente. No es complicado, ya lo sé. Se da por sentado que uno debe comportarse de esta manera. El problema es hacerlo cuando te carcome el desgaste un día sí y otro también. Y cuando te quieres dar cuenta han pasado más de dos días. Puede que hoy incluso haya cumplido dos años.
Quiero dar patadas a ese Estridente Positivismo que empezó su primera conquista con LinkedIn (y más tarde la vida de personal de uno mismo) para dejar salir mi Yo auténtico, el natural, el biológico, o como quiera uno llamarlo. Las bromas de quinceañeras me cansan profundamente; será que he perdido sentido del humor, o puede que haya aprendido a no reírme de cosas que de verdad no me hacen gracia. Admito que al principio me sentía incómoda y azorada puesto que no era así como “debería” comportarme. Lejos de parecer una heroína, mis debilidades saltaron en trampolín alborotadas. Pasó un rato y otro y llegué a esta conclusión: "Es difícil ser uno mismo". Visualicé la frase en mi cabeza.
No busco hacerme la víctima ni vanagloriarme de absolutamente nada. Solo necesito reafirmar (otra vez, y muchas más que vendrán) mi propia identidad, recordar quién soy. Los egoístas seguirán ahí mañana, pasado y así hasta que lleguen los 4 Jinetes del Apocalipsis, así que he decidido dejar de ser influenciable a aquello que desgaste mi Yo natural. Recordé lo importante que es rodearse de personas genuinas y quise dejar atrás aquellos tomates insípidos. Debe ser que con el paso de los otoños y primaveras, los tintos y los turrones, si una aprende (más o menos) a cuidar de sí misma prioriza, entre otras cosas, el cuidado de la identidad propia.
O será que hoy estoy malhumorada. O como suelo decir en casos extremos, “hasta el chichi!!”. Hasta el chichi de tener que mostrar respeto cuando a una no se lo dan, tener que sonreír cuando no quiero, escuchar verdaderas tonterías y seguir el rollo, tragar chistes de mal gusto y actuar como una persona tolerante con un idiota al que solo le darías collejas.
Otra cosa que estoy aprendiendo últimamente es a ser selectiva con mis comentarios (sí, debe ser uno de los secretos de la longevidad, y no las cremas anti-edad), cuyo grado de mayor o menor sinceridad depende de lo que quiera oír tu receptor. A riesgo de sonar vanidosa (que no lo es), a veces me río intensamente en mi fuero interno cuando les digo "lo que quieren oír". Y todos contentos: ellos escuchan la respuesta banal de turno y a mí me dejan en paz. Sin embargo, a veces es más efectivo lo contrario: decir una verdad tan grande como una catedral y que nunca se vuelva a mencionar el tema.
Si has leído hasta aquí quizá creas que voy a acabar el post con un colapso mental.
O que quizá busque un culpable al que llevar a la hoguera.
No existe una conclusión satisfactoria porque sé que mañana cuando me levante el problema seguirá existiendo. Si la solución estuviese en mis manos ya estaría en conversaciones avanzadas con algún matón para darle instrucciones minuciosas (Nota mental: plan B - Conjura).
Con cosas como estas veo la poca paciencia que tengo y que, aunque sea poca, debería racionarla con gente que de verdad merezca la pena, no usarla con aquellos que no me aportan nada. Y no sólo la paciencia, sino la atención, el cariño, la amabilidad… en definitiva, mi Tiempo.
Pese al desgaste debo asumir que no puedo encerrarme en una cueva y olvidarme de vivir en sociedad, ya que no estamos hechos para vivir aislados. Resistir es la siguiente casilla, en la cual se suele estar durante un tiempo indefinido. Mientras digiero tantas tonterías que dan hasta pena oírlas y aguardo sin ilusión las que aún me quedan por oír, una nueva arruga surgirá en mi frente. Con suerte terminaré cogiéndole hasta cariño. Quizá hasta me haga parecer más interesante. Sí, ¿por qué no?


