"Con tu actitud has llamado a las cosas positivas, ¿lo ves? Te lo dije", told me the most lovable girl I ever met
Las Prisas
La sesión anterior aún no había sido desalojada. Mientras, los que estábamos fuera nos extrañamos de que tardasen tanto en dejarnos pasar. ¡Nos íbamos a perder los tráilers de las películas que se iban a estrenar próximamente! No hacía calor y creo que solo llevábamos 15 minutos esperando, pero el caso es que la gente empezó a impacientarse. Miré a mi alrededor. Había muchas cabezas con el pelo cano, caras con arrugas pronunciadas y gafas gruesas. El tiempo seguía pasando sin hacer miramientos y aún no podíamos pasar. Empezamos a extrañarnos. Nadie avisaba de nada y de repente empezaron los empujones y las quejas (sobre todo las quejas). Seguí mirando a mi alrededor en busca de algún motivo. Consulté mi reloj. Quedaban 2 minutos para que empezase nuestra sesión. El chico que recoge las entradas desenganchó la cuerda roja y todo el mundo se agolpó como en una estampida de ciervos que huye de un león. Me entró la risa, me reí muy fuerte y no pude evitar decir en voz alta: “¡Pero si las entradas están numeradas!”. El señor que tenía al lado mía soltó una carcajada, nos miramos y movimos nuestras cabezas al unísono ante la situación ridícula que estábamos presenciando. Pese a esto, la película, Samba, me gustó.
Una Sorpresa
Tres farolas iluminaban sin mucho éxito el pequeño mirador. Telegraph Hill estaba lleno para ser un jueves noche. Nos asomamos al skyline de San Francisco. Quizá una postal hubiese sido más precisa. No habían podado los árboles y la famosa vista se escondía de nosotros. Casi me pongo triste pero miré hacia arriba, al cielo… y estaba lleno de estrellas. Llenísimo, a rebosar. Me sorprendí tanto que me dió un subidón de adrenalina.
- ¡Javier, ahí debe haber alguna constelación! - exclamé entusiasmada. Estaba segura aunque no entendiese de astronomía.
- Pues vamos a buscarlas.
Desbloqueó su iPhone, entró en una aplicación y apuntó al cielo.
- ¡Es la Osa Mayor!
- ¿¿¿En serio???
- Sí, mira - se acercó a mí y me enseñó la pantalla.
Contó las siete estrellas que formaban la constelación, primero en el móvil y después en el cielo.
- ¿Ves que tiene forma de cazo? - explicó con dulzura- ¡Pues es la Osa Mayor!
Nos miramos con nuestras mejores sonrisas y volvimos a mirar al cielo embelesados. Sabíamos que era un instante mágico. Si no fuese un hombre casado le habría dado un beso.
De San Francisco me llevé como souvenirs una constelación, siete libros de la Librería que publicó por primera vez Howl, de Allen Ginsberg (lo de siete no lo hice por las estrellas. Pura casualidad), y una invitación a París de un gentleman encantador y educado. Echaba de menos a esos especímenes.
El Desengaño
Tras una comida copiosa, mi amigo y yo decidimos ir a una terraza. Una deliciosa botella de vino blanco, una copa de cava y unas cervezas nos dieron la llave para saltar directamente a la Etapa filosófica de la conversación sin que hiciesen falta pasar por varias horas de borrachera. Los dos estábamos sentados en nuestra posición más cómoda: Él reclinado en el respaldo; yo con las piernas subidas a la silla apoyando mis brazos en las rodillas.
- Pese a todo te tengo envidia… - dijo con voz tranquila y sincera.
Le miré a los ojos sin comprender nada. Quizá tendría que haberle dado más detalles de lo que le acababa de contar, pero tampoco me apetecía remover esa historia que aún me dolía si respiraba muy fuerte.
- ¿Por qué vas a tenerme envidia? ¿Porque pierdes el apetito, no duermes, eres incapaz de canalizar tu energía en otro pensamiento que no sea esa persona, porque ves que no puedes hacer nada más por tu parte y te sientes impotente porque se escapa de tu control? - repuse extrañada.
- No, no es eso… Ojalá yo también sintiese eso… Todo esto que me cuentas significa que tu corazón sigue sintiendo la vida y yo echo de menos eso, sentirla…
Di un sorbo de cerveza. Tenía razón. Miré al cielo durante unos segundos. Ni una sola nube. Volví a mirarle, le sonreí y me prometí acordarme de su comentario para siempre.
Para romper el hielo se dirigió a su pecho izquierdo, se apuntó con el dedo índice y dijo:
- ¡A ver si tú también espabilas ya y empiezas a sentir algo, que llevas mucho tiempo parado y tengo muchas ganas de echarme novia!
- ¡A ver si tú también espabilas ya y empiezas a sentir algo, que llevas mucho tiempo parado y tengo muchas ganas de echarme novia!
Y nos reímos.
El Apoyo
El abrazo fuerte de una amiga que me había echado de menos me recordó que había gente que me esperaba. El olor del café americano que tomo todos los días me recordó que puedo encontrar la calma cuando quiera. Reírme con todas mis fuerzas cada vez que oigo una buena broma me llena de energía. El sol brillaba encima nuestra y había tenido la oportunidad de conocer a gente que había sido muy generosa conmigo. Si ese día hubiese elegido estar triste (que estaba en mi derecho) puede que hubiese tardado en apreciar esos pequeños detalles otra larga temporada. Sí, la Madurez me invitó de nuevo a elegir. Quise seguir adelante y lo hice: elegí saludar y sonreír como bien sé hacer.
La Digestión
Las frases célebres y los refranes carecen de sentido hasta que una lo vive. Da igual las miles de veces que te lo repitan porque para ello necesitas fe, cosa que te falta en esos momentos de bajón. Si no lo has experimentado, no lo entenderás aunque te hagan un croquis. Y si encima son varias frases las que consigues corroborar, entonces comprendes que lo has encontrado y hallado en el momento oportuno.
- Pensar siempre que va a salir mal es una mala costumbre.
- No ocurre lo que uno tiene planeado sino que acaece lo inesperado.
- Lo que es tuyo nadie te lo quita. Para lo bueno y para lo malo (Es muss sein!).

