sábado, 14 de marzo de 2015

Hay más días que judías

"Con tu actitud has llamado a las cosas positivas, ¿lo ves? Te lo dije", told me the most lovable girl I ever met

Las Prisas


La sesión anterior aún no había sido desalojada. Mientras, los que estábamos fuera nos extrañamos de que tardasen tanto en dejarnos pasar. ¡Nos íbamos a perder los tráilers de las películas que se iban a estrenar próximamente! No hacía calor y creo que solo llevábamos 15 minutos esperando, pero el caso es que la gente empezó a impacientarse. Miré a mi alrededor. Había muchas cabezas con el pelo cano, caras con arrugas pronunciadas y gafas gruesas. El tiempo seguía pasando sin hacer miramientos y aún no podíamos pasar. Empezamos a extrañarnos. Nadie avisaba de nada y de repente empezaron los empujones y las quejas (sobre todo las quejas). Seguí mirando a mi alrededor en busca de algún motivo. Consulté mi reloj. Quedaban 2 minutos para que empezase nuestra sesión. El chico que recoge las entradas desenganchó la cuerda roja y todo el mundo se agolpó como en una estampida de ciervos que huye de un león. Me entró la risa, me reí muy fuerte y no pude evitar decir en voz alta: “¡Pero si las entradas están numeradas!”. El señor que tenía al lado mía soltó una carcajada, nos miramos y movimos nuestras cabezas al unísono ante la situación ridícula que estábamos presenciando. Pese a esto, la película, Samba, me gustó. 



Una Sorpresa

Tres farolas iluminaban sin mucho éxito el pequeño mirador. Telegraph Hill estaba lleno para ser un jueves noche. Nos asomamos al skyline de San Francisco. Quizá una postal hubiese sido más precisa. No habían podado los árboles y la famosa vista se escondía de nosotros. Casi me pongo triste pero miré hacia arriba, al cielo… y estaba lleno de estrellas. Llenísimo, a rebosar. Me sorprendí tanto que me dió un subidón de adrenalina. 

- ¡Javier, ahí debe haber alguna constelación! - exclamé entusiasmada. Estaba segura aunque no entendiese de astronomía. 
- Pues vamos a buscarlas. 

Desbloqueó su iPhone, entró en una aplicación y apuntó al cielo.
- ¡Es la Osa Mayor!
- ¿¿¿En serio???
- Sí, mira - se acercó a mí y me enseñó la pantalla. 

Contó las siete estrellas que formaban la constelación, primero en el móvil y después en el cielo. 

- ¿Ves que tiene forma de cazo? - explicó con dulzura- ¡Pues es la Osa Mayor!

Nos miramos con nuestras mejores sonrisas y volvimos a mirar al cielo embelesados. Sabíamos que era un instante mágico. Si no fuese un hombre casado le habría dado un beso. 

De San Francisco me llevé como souvenirs una constelación, siete libros de la Librería que publicó por primera vez Howl, de Allen Ginsberg (lo de siete no lo hice por las estrellas. Pura casualidad), y una invitación a París de un gentleman encantador y educado. Echaba de menos a esos especímenes. 






El Desengaño

Tras una comida copiosa, mi amigo y yo decidimos ir a una terraza. Una deliciosa botella de vino blanco, una copa de cava y unas cervezas nos dieron la llave para saltar directamente a la Etapa filosófica de la conversación sin que hiciesen falta pasar por varias horas de borrachera. Los dos estábamos sentados en nuestra posición más cómoda: Él reclinado en el respaldo; yo con las piernas subidas a la silla apoyando mis brazos en las rodillas. 

- Pese a todo te tengo envidia… - dijo con voz tranquila y sincera. 

Le miré a los ojos sin comprender nada. Quizá tendría que haberle dado más detalles de lo que le acababa de contar, pero tampoco me apetecía remover esa historia que aún me dolía si respiraba muy fuerte.

- ¿Por qué vas a tenerme envidia? ¿Porque pierdes el apetito, no duermes, eres incapaz de canalizar tu energía en otro pensamiento que no sea esa persona, porque ves que no puedes hacer nada más por tu parte y te sientes impotente porque se escapa de tu control? - repuse extrañada.
- No, no es eso… Ojalá yo también sintiese eso… Todo esto que me cuentas significa que tu corazón sigue sintiendo la vida y yo echo de menos eso, sentirla…

Di un sorbo de cerveza. Tenía razón. Miré al cielo durante unos segundos. Ni una sola nube. Volví a mirarle, le sonreí y me prometí acordarme de su comentario para siempre. 
Para romper el hielo se dirigió a su pecho izquierdo, se apuntó con el dedo índice y dijo:

- ¡A ver si tú también espabilas ya y empiezas a sentir algo, que llevas mucho tiempo parado y tengo muchas ganas de echarme novia!

Y nos reímos. 



El Apoyo

El abrazo fuerte de una amiga que me había echado de menos me recordó que había gente que me esperaba. El olor del café americano que tomo todos los días me recordó que puedo encontrar la calma cuando quiera. Reírme con todas mis fuerzas cada vez que oigo una buena broma me llena de energía. El sol brillaba encima nuestra y había tenido la oportunidad de conocer a gente que había sido muy generosa conmigo. Si ese día hubiese elegido estar triste (que estaba en mi derecho) puede que hubiese tardado en apreciar esos pequeños detalles otra larga temporada. Sí, la Madurez me invitó de nuevo a elegir. Quise seguir adelante y lo hice: elegí saludar y sonreír como bien sé hacer.  

La Digestión

Las frases célebres y los refranes carecen de sentido hasta que una lo vive. Da igual las miles de veces que te lo repitan porque para ello necesitas fe, cosa que te falta en esos momentos de bajón. Si no lo has experimentado, no lo entenderás aunque te hagan un croquis. Y si encima son varias frases las que consigues corroborar, entonces comprendes que lo has encontrado y hallado en el momento oportuno. 

- Pensar siempre que va a salir mal es una mala costumbre.
- No ocurre lo que uno tiene planeado sino que acaece lo inesperado. 
- Lo que es tuyo nadie te lo quita. Para lo bueno y para lo malo (Es muss sein!). 


lunes, 2 de marzo de 2015

Culos torcidos

Cartas desde el más acá




Querido lector, 

Quizás comiences a sorprenderte por el repentino aluvión de mensajes en botellas que lanzo al mar en los últimos tiempos... y te preguntarás por qué súbitamente parezco tener tantas cosas que contar cuando ha habido momentos de mayor intensidad y he escrito menos; tal vez había también menos ocasión para pararse a procesar lo que estaba pasando o simplemente estaba gestándose el maremágnum que ha desembocado en una ola de la que no sabremos si saldremos con vida o moriremos de éxito... On ne sait jamais. 

Quizás esta necesidad de vomitar aquí sea fruto de la ausencia de otras formas de descarga emocionales que antes me corregían el rumbo o tal vez sea simplemente la manera que he encontrado para hablar conmigo misma y aterrizar las ideas que me sobrevuelan la azotea mientras todo se derrumba a mi alrededor... porque escribir aquí es la única manera de tengo de hablar con(m)igo.   (t)*

Desde hace semanas me siento en todas las sillas con el culo torcido. El runrún de mis tripas no busca que lo acalle con comida, porque si me quedo en silencio el tiempo suficiente puedo casi distinguir unas palabras en alemán: "Es muss sein". No se trata de que esté en ayunas, porque aunque acabe de comer siento dentro de mí esos barcos cargados de pensamientos que zozobran constantemente y de los que a veces ni se salvan las mujeres y los niños, pero cuyas orquestas nunca dejan de tocar a Beethoven.

Pero es que me he dado cuenta de que es complicado esto del avistamiento de icebergs, sabes?
Puede que llegues a ver su parte más exterior cuando ya es demasiado tarde para virar, porque el mar estaba tan calmado que las olas no rompían en su base y sólo has sido capaz de verlo cuando te estaba congelando la nariz.
Y para cuando pasas por su lado, la parte sumergida bajo el agua va a rajar inexorablemente tu quilla y te vas directo al fondo del mar y no hay remedio que valga... porque en esa fracción de segundo decisiva estabas en otra guerra. 

Y si la travesía había durado tres años, estuviste 2 años y 11 meses 30 días y veintitrés horas mirando sin descanso, buscando cualquier atisbo, atento a las señales, para aporrear la campana... pero justo cuando das por terminado el partido y asumes deportivamente el reparto de puntos, cuando parece que acabarás el viaje sin mayor incidencia... toma! iceberg por proa y a pique el portaaviones.

Aún no he tocado fondo, por eso he tenido ocasión de escribir este mensaje...y aún tengo la ilusión de que llegue yo antes que él a tierra firme, porque confío en que la suerte me tenga guardado un collar de diamantes en el bolsillo del abrigo con el que comprar un billete hacia la felicidad, porque después de este requiebro del destino no puedo sino pensar que todo esto forma parte de un plan superior.

No puedo escribir más porque se están empezando a reventar las escotillas de mi camarote, las ratas abandonaron el barco hace mucho, pero los músicos siguen tocando y yo sigo aquí clavada pensando que no se puede tener tanta mala suerte en esta vida.

Esta situación al límite me está enseñando muchas cosas... la primera es que nunca es tarde para corregir la derrota y llegar a la tierra prometida... o al menos hay que intentarlo siempre, aunque acabes descubriendo América y tú pensando que ibas a llegar a la India para la hora de cenar. 

La otra es que lo más importante es disfrutar de la travesía, aunque parezca que vamos sin timón y a la deriva, aunque lo que pensabas que jamás caería se derrumbe a tu alrededor... al final será todo cuestión de unir los puntos.

Porque mientras hay vida hay esperanza... y de lo único de lo que uno se puede arrepentir al final es de no haberlo intentado.



"Lo asustó la sospecha tardía de que es la vida, más que la muerte, lo que no tiene límites.

-¿Y hasta cuándo cree usted que podemos seguir en este ir y venir del carajo?

Florentino Ariza tenía la respuesta preparada desde hacía cincuenta y tres años, siete meses y once días, con sus noches.

-Toda la vida- dijo."

El amor en los tiempos del cólera, Gabriel García Márquez