lunes, 2 de marzo de 2015

Culos torcidos

Cartas desde el más acá




Querido lector, 

Quizás comiences a sorprenderte por el repentino aluvión de mensajes en botellas que lanzo al mar en los últimos tiempos... y te preguntarás por qué súbitamente parezco tener tantas cosas que contar cuando ha habido momentos de mayor intensidad y he escrito menos; tal vez había también menos ocasión para pararse a procesar lo que estaba pasando o simplemente estaba gestándose el maremágnum que ha desembocado en una ola de la que no sabremos si saldremos con vida o moriremos de éxito... On ne sait jamais. 

Quizás esta necesidad de vomitar aquí sea fruto de la ausencia de otras formas de descarga emocionales que antes me corregían el rumbo o tal vez sea simplemente la manera que he encontrado para hablar conmigo misma y aterrizar las ideas que me sobrevuelan la azotea mientras todo se derrumba a mi alrededor... porque escribir aquí es la única manera de tengo de hablar con(m)igo.   (t)*

Desde hace semanas me siento en todas las sillas con el culo torcido. El runrún de mis tripas no busca que lo acalle con comida, porque si me quedo en silencio el tiempo suficiente puedo casi distinguir unas palabras en alemán: "Es muss sein". No se trata de que esté en ayunas, porque aunque acabe de comer siento dentro de mí esos barcos cargados de pensamientos que zozobran constantemente y de los que a veces ni se salvan las mujeres y los niños, pero cuyas orquestas nunca dejan de tocar a Beethoven.

Pero es que me he dado cuenta de que es complicado esto del avistamiento de icebergs, sabes?
Puede que llegues a ver su parte más exterior cuando ya es demasiado tarde para virar, porque el mar estaba tan calmado que las olas no rompían en su base y sólo has sido capaz de verlo cuando te estaba congelando la nariz.
Y para cuando pasas por su lado, la parte sumergida bajo el agua va a rajar inexorablemente tu quilla y te vas directo al fondo del mar y no hay remedio que valga... porque en esa fracción de segundo decisiva estabas en otra guerra. 

Y si la travesía había durado tres años, estuviste 2 años y 11 meses 30 días y veintitrés horas mirando sin descanso, buscando cualquier atisbo, atento a las señales, para aporrear la campana... pero justo cuando das por terminado el partido y asumes deportivamente el reparto de puntos, cuando parece que acabarás el viaje sin mayor incidencia... toma! iceberg por proa y a pique el portaaviones.

Aún no he tocado fondo, por eso he tenido ocasión de escribir este mensaje...y aún tengo la ilusión de que llegue yo antes que él a tierra firme, porque confío en que la suerte me tenga guardado un collar de diamantes en el bolsillo del abrigo con el que comprar un billete hacia la felicidad, porque después de este requiebro del destino no puedo sino pensar que todo esto forma parte de un plan superior.

No puedo escribir más porque se están empezando a reventar las escotillas de mi camarote, las ratas abandonaron el barco hace mucho, pero los músicos siguen tocando y yo sigo aquí clavada pensando que no se puede tener tanta mala suerte en esta vida.

Esta situación al límite me está enseñando muchas cosas... la primera es que nunca es tarde para corregir la derrota y llegar a la tierra prometida... o al menos hay que intentarlo siempre, aunque acabes descubriendo América y tú pensando que ibas a llegar a la India para la hora de cenar. 

La otra es que lo más importante es disfrutar de la travesía, aunque parezca que vamos sin timón y a la deriva, aunque lo que pensabas que jamás caería se derrumbe a tu alrededor... al final será todo cuestión de unir los puntos.

Porque mientras hay vida hay esperanza... y de lo único de lo que uno se puede arrepentir al final es de no haberlo intentado.



"Lo asustó la sospecha tardía de que es la vida, más que la muerte, lo que no tiene límites.

-¿Y hasta cuándo cree usted que podemos seguir en este ir y venir del carajo?

Florentino Ariza tenía la respuesta preparada desde hacía cincuenta y tres años, siete meses y once días, con sus noches.

-Toda la vida- dijo."

El amor en los tiempos del cólera, Gabriel García Márquez




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