La montaña rusa
Sobre la intuición femenina, los ciclos pendulares y el extra petita
Madrequemeparióoooooooooooooooooo!!!!
Dicen los que saben de cosas importantes que de todo nuestro tiempo de vida al final sólo recordaremos aquellos momentos en los que nos la estábamos jugando, cuando no sabemos ni por dónde nos llueve, esos instantes de zozobra e incertidumbre en que construimos nuestra identidad como quien hace un castillo de naipes y teme una letal corriente de aire que mande sus sueños y esperanzas a hacer puñetas.
Bien pues estoy oficialmente hasta la carta de ajuste de tanta ida y venida. Así te lo digo. Tengo la intuición femenina haciendo horas extra, mosqueada sin vacaciones y me está alertando de innumerables peligros por doquier. ¿No hay manera de silenciar esa molesta costumbre de analizarlo todo cual bipolar y rubia-teñida agente de la CIA?
Se supone que, como en todos los ámbitos que conocemos de este mundo nuestro (arte, economía, filosofía...), la cosa va por rachas, ciclos pendulares que lo llamarían algunos; alternando periodos apolíneos y dionisíacos, o dicho en lenguaje cervantino, rachas de equilibrio, serenidad y belleza como proporción, con rachas de caos, convulsión y belleza como exceso.
Y en esta montaña rusa nos hallamos, señores, y lo peor es que nadie nos avisó del intríngulis por si teníamos vértigo, si preferíamos algo más tranquilito o directamente éramos de los que nos quedamos guardando las mochilas mientras los demás echan hasta su primera papilla subiendo a ese enredo metálico del infierno.
No nos preguntaron y aquí estamos, con todos los orificios cerrados por acción de la adrenalina, los sentidos funcionando alertados por el terrible peligro en que estamos inmersos, procesando toda la información que captamos de nuestro entorno, tratando de tener localizadas todas las posibles salidas de emergencia... no vaya a ser que tengamos que saltar en marcha.
La vida y sus turbulencias. Siempre esperamos llegar sanos y salvos a la orilla aunque sabemos que durante el viaje se van pasando checkpoints que marcan puntos de no retorno y ya nunca podrá ser como antes, para bien o para mal.
Sin embargo, lo más confuso, frustrante y maquiavélico del asunto es que a veces hay puntos en los que tú esperas leche y cacharro y recibes, sin pedirlo, soffiato de chocolate relleno con emulsión de chocolate blanco... y te quedas loco.
Después te acostumbras a la exquisitez, porque a nadie le amarga un dulce, somos de morro fino y un tanto veletas, criaturas débiles seducidas por el placer. No renunciaríamos a Satanás ni aunque nos lo pidiera un montón de gaticos metidos en una cesta con cara de no haber arañado un sofá en su vida. Somos esclavos de nuestra bonvivantez, pero se nos olvida con frecuencia que lo bueno nunca dura; que después de Apolo llega Dionisos, que el péndulo va y viene y no se detiene.
Y eso a lo que te hicieron el cuerpo sin tú pedirlo ahora te lo quitan y pataleas. Esto es una incongruencia, una causa de impugnación, señoría, por extra petita: me han dado más de lo que pedí... pero ya lo decíamos antes, acabas de pasar el punto de no retorno. Buena suerte, amigo, tu equipaje de mano se ha convertido en un bulto que facturar aparte. ¿Estás dispuesto a pagar el precio?
Y eso a lo que te hicieron el cuerpo sin tú pedirlo ahora te lo quitan y pataleas. Esto es una incongruencia, una causa de impugnación, señoría, por extra petita: me han dado más de lo que pedí... pero ya lo decíamos antes, acabas de pasar el punto de no retorno. Buena suerte, amigo, tu equipaje de mano se ha convertido en un bulto que facturar aparte. ¿Estás dispuesto a pagar el precio?
Si no lo haces te quedas en tierra, es una decisión como otra cualquiera. Pero sabes que lo que quieres sigue estando al otro lado del jet lag, de las horas de avión y los controles del aeropuerto. Ya eres consciente de que después de dos caras ñu viene una cara de ángel. Así que nada, de algo hay que morir: todo al 22 negro.


