sábado, 19 de octubre de 2013

El chuchaso



Sobre la Generación del 27, la Biblia y la Cienciología  

Xenu en el 15M
                          
                                                   
    “¡Porque yo me fui con el otro, me fui! Tú también te hubieras ido. Yo era una mujer quemada, llena de llagas por dentro y por fuera, y tu hijo era un poquito de agua de la que yo esperaba hijos, tierra, salud; pero el otro era un río oscuro, lleno de ramas, que acercaba a mí el rumor de sus juncos y su cantar entre dientes. Y yo corría con tu hijo que era como un niñito de agua, frío, y el otro me mandaba cientos de pájaros que me impedían el andar y que dejaban escarcha sobre mis heridas de pobre mujer marchita, de muchacha acariciada por el fuego. Yo no quería,  ¡óyelo bien!; yo no quería, ¡óyelo bien! Yo no quería. ¡Tu hijo era mi fin y yo no lo he engañado, pero el brazo del otro me arrastró como un golpe de mar, como la cabezada de un mulo, y me hubiera arrastrado siempre, siempre, siempre, siempre, aunque hubiera sido vieja y todos los hijos de tu hijo me hubiesen agarrado de los cabellos!” – Bodas de Sangre, Federico García Lorca.

No hay mejor forma de explicar lo inexplicable. La fruta prohibida es siempre la más apetecible. Que se lo digan si no a Adán y a Eva, víctimas en primera instancia de la irremediable condición humana.  La versión 1.0 (Beta) del ser humano venía ya con la Tara de serie y, aún hoy, no se ha conseguido actualización ni parche que lo remedie.

    Ahí está el negocio más grande de todos los tiempos: hacernos sentir culpables por hacer lo que estamos programados a hacer. Es decir, a ver si te aclaras. En lugar de aceptar que nos seduce todo aquello que da repelús, vamos por ahí diciendo de boquilla “yo de este agua no beberé”, o peor aún “yo de este agua no volveré a beber”. Pero lo que en realidad  hace que nos bailen  mariposas en el estómago, no nos engañemos, es pensar que somos como exorcistas capaces de sacar el demonio de cualquier pobre alma desgraciada… Una y otra vez. Y si se parece al anterior, mejor. Qué perdición.

Muchos no son conscientes de esto hasta esa edad en que encuentran como prioridad suprema en la vida poner bolitas de naftalina en los armarios, y acaban viviendo vidas que creen felices por haber sabido repeler los embates de la Tara. Cuando finalmente se dan cuenta de su miserable condición humana, ya no están tan receptivos como en aquéllos años en los que hablaban en griego por el teletipo, you know. Unos se dan al budismo, otros al paganismo o incluso al loveoflesbianismo, pero a la mayoría les da un chuchaso en la cabeza mayor que el que tiene Ana Obregón (actriz y bióloga) y tienen que acudir irremediablemente a purgar sus paranoias y sus bolsillos al arrullo de la iglesia de la Cienciología.

Por eso, todo ese rollo del pecado original me huele a chamusquina. A mí no me la metes doblada, Guionista. Tú quisiste hacer un Gran Hermano y ahora nos juzgas por el edredoning. Por eso, y por todos los beatos sufrientes de este mundo, voy a hacer una afirmación que va a tambalear todos los dogmas religiosos habidos y por haber, excepto, por supuesto, el de  la existencia de Xenu: si pecar es entrar en sintonía con los reflujos más bizarros de nuestros adentros… ¡pequemos como salvajes! Basta ya de esconder nuestros demonios bajo la alfombra una y otra vez. Asumamos la Tara primigenia como parte de nuestra naturaleza y dejémonos arrastrar por nuestros torrentes más salvajes.


Hoy, rompo una lanza a favor de esto. Mañana, ya veremos.

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