domingo, 17 de noviembre de 2013

Obsolescencia programada

Cuestión de perspectiva

Sobre las escaleras, el síndrome de insatisfacción crónica y los dependientes de Stradivarius

Calidad Henkel 

Decía William Shakespeare: "si todo el año fuera fiesta, divertirse sería más aburrido que trabajar". Porque en esto de la vida, todo es cuestión de perspectiva. El mejor ejemplo de ello es preguntar a un gallego si una escalera sube o baja. Depende, te contestará. Y tendrá razón. 
Otra guerra completamente distinta es saber qué significa eso si lo extrapolamos a la vida diaria, con sus escalones cotidianos, los del metro, los de la clase social, los de Penrose... Yo tengo una teoría al respecto. 

En este mundo que moramos hay tres tipos de escaleras: las que van a un sitio al que queremos ir, aquellas que nos llevan a lugares donde tenemos que ir (véase por narices) y las que ansiamos subir aunque en realidad no nos llevan a ningún lado (estas últimas las más absurdas y, pardiez, las más intrigantes)Las que pateamos cada día con todos sus peldaños contantes y sonantes son las segundas, pero las que miramos de reojo, deseando hincarles el diente, son las terceras (que unas veces nos meten en bucles infinitos o en otras nos lanzan al vacío sin previo aviso) mientras que las primeras son, en buena lógica, las que deberíamos tomar(y, diantre, que normalmente no lo hacemos)

*(Créeme que esta escalera es de las que llegan a alguna parte. Hay un subtexto en este embrollo escalerístico, ten fe, j'arrive)

Sin embargo, la cuestión de fondo es que una vez arriba del todo, cuando has conseguido encaramarte al final de la escalinata que creías querer subir, te encuentras con un visitante inopinado. El síndrome de insatisfacción crónica acecha, agazapado, con pérfidas intenciones, dispuesto a pegarnos una patada en nuestro ingenuo trasero y devolvernos al punto de partida con un poco más de desconcierto que antes y con bastante menos amor propio. Me explico.

Todo el esfuerzo e ilusiones invertidos ahora nos parecen inútiles. Una vez llegados a ese punto nos damos cuenta de que realmente no nos satisface tanto como pensamos y lo mandamos a freír monas. Como Íñigo Montoya, que pasó veinte años persiguiendo vengar la muerte de su padre, una vez logra redimirse se queda vacío, sin objetivo existencial. Así nos sentimos los Madame Bovarys de este mundo, decepcionados por la vida que vivimos, ansiando siempre tener lo que no podemos alcanzar.

Y así, aburridos por lo mundano, cogemos el 25. Sin futuro y sin un duro, ponemos rumbo al centro, para ejercitar ese deporte tan contemporáneo que es mirar ( y desear) lo que no podemos tener. LLegamos al lugar señalado, los planetas se han alineado. Nunca pagar fue una tarea tan placentera. Tanta belleza reunida bien vale el paseo, y con frío y bajo la lluvia incluso. ¿Qué pasaría si alguno de ellos osara obsequiarnos con sus atenciones? Ya te lo digo yo... pasaríamos del tema. 

De modo que, siendo probable que denostemos lo conseguido por esa afección crónica que nos vuelve culos de mal asiento, lo más recomendable es que disfrutemos de cada peldaño, alarguemos los tramos intermedios de esas escaleras que no sabemos donde nos llevan porque, conociéndonos, tiraremos por tierra nuestros ímprobos esfuerzos por llegar arriba en cuanto cambie el viento.

Así pues, obsolescentes mentes del mundo... vuelvan al infierno del que nunca debieron salir y déjenme disfrutar del camino, copón!

lunes, 4 de noviembre de 2013

2001: una odisea en el espacio euclídeo



Sobre las leyes de la física, la danza contemporánea y la toma de decisiones.



El pre humano feliz en sus quehaceres


En la danza hay dos premisas básicas para generar el movimiento: la asimetría y el desequilibrio. El movimiento genera acción y toda acción una reacción. A menudo se nos olvida esta ley universal que un buen chichón le costó a Newton y que debería estar escrita con letras magnéticas en las neveras de todos los hogares. Ser o no ser, carne o pescado, slips o bóxers, Víctor o Victoria, en tu casa o en la mía, ahora o nunca… Demasiados interrogantes cuya respuesta solo puede ser descubierta aplicando la tercera ley del físico con nombre unidad de fuerza.

A veces nos estrujamos los sesos intentando averiguar qué es lo que queremos. Empezamos a excavar en nuestro subconsciente buscando las minas del rey Salomón, creyendo que la respuesta se encuentra oculta por algún lado, entre sueños rotos, fantasías sexuales y traumas inconfesables, pero lo cierto es que el auto psicoanálisis es una habilidad que muy pocos poseen y que, por alguna extraña razón, siempre desemboca en suicidio.

El hombre es un ser anacrónico e inadaptado a su tiempo, un fósil en el Reina Sofía.  Por eso nunca sabe lo que quiere. El mundo que nos hemos inventado y el pasillo de las galletas del Alcampo son lugares tan sumamente complejos que no estamos preparados para tomar una decisión entre infinitas posibles variables. En el origen de los tiempos, cuando todo era sota, caballo y rey y reinaban el hambre y la mugre por encima de todas las cosas, los pre humanos hacían simplemente lo que estaban programados a hacer: sobrevivir. Ahora lo de sobrevivir ya no tiene mérito y tenemos que lidiar con preocupaciones (maldita sea) mucho más banales.

Así que la única manera que tiene el hombre para enfrentarse a vicisitudes modernas, tan mundanas pero complejas a la vez, es el método del ensayo y error. Sólo podemos saber lo que queremos descartando lo que no queremos y, para ello, hay que lanzarse a la piscina sin manguitos, a pelo. Probar, probar y probar.

Para encontrar la salida de un laberinto no parece muy buena opción sentarse a hacer hipótesis de recorridos y posibles salidas. Lo más lógico sería echarse a andar, elegir un camino y, si nos topamos con una pared que no nos deja avanzar, retroceder al punto de origen y repetir el mismo proceso hasta que encontremos la salida. Esto mismo es lo que tenemos que hacer cada día para poder ir sumando checkpoints de aprendizaje, es decir, poner un tick en todas aquellas acciones o decisiones que está clínicamente probado que funcionan con nosotros.

Aunque parezca que vuestro cerebro va a mil por hora cuando tenéis que tomar una decisión importante, sabed que  D no es igual a V por T en el espacio intracraneal. Lo más complicado es dar el primer paso, poner la postura del flamenco y dejarse caer hacia un lado. Cumplid a rajatabla las leyes de la física, que las leyes están para eso y dad un paso en cualquier dirección. Veréis como se os abre un camino… o se os cierran treinta, pero oye, algo empezaréis a sacar en claro.


Caminante no hay camino, se hace camino al andar.