lunes, 4 de noviembre de 2013

2001: una odisea en el espacio euclídeo



Sobre las leyes de la física, la danza contemporánea y la toma de decisiones.



El pre humano feliz en sus quehaceres


En la danza hay dos premisas básicas para generar el movimiento: la asimetría y el desequilibrio. El movimiento genera acción y toda acción una reacción. A menudo se nos olvida esta ley universal que un buen chichón le costó a Newton y que debería estar escrita con letras magnéticas en las neveras de todos los hogares. Ser o no ser, carne o pescado, slips o bóxers, Víctor o Victoria, en tu casa o en la mía, ahora o nunca… Demasiados interrogantes cuya respuesta solo puede ser descubierta aplicando la tercera ley del físico con nombre unidad de fuerza.

A veces nos estrujamos los sesos intentando averiguar qué es lo que queremos. Empezamos a excavar en nuestro subconsciente buscando las minas del rey Salomón, creyendo que la respuesta se encuentra oculta por algún lado, entre sueños rotos, fantasías sexuales y traumas inconfesables, pero lo cierto es que el auto psicoanálisis es una habilidad que muy pocos poseen y que, por alguna extraña razón, siempre desemboca en suicidio.

El hombre es un ser anacrónico e inadaptado a su tiempo, un fósil en el Reina Sofía.  Por eso nunca sabe lo que quiere. El mundo que nos hemos inventado y el pasillo de las galletas del Alcampo son lugares tan sumamente complejos que no estamos preparados para tomar una decisión entre infinitas posibles variables. En el origen de los tiempos, cuando todo era sota, caballo y rey y reinaban el hambre y la mugre por encima de todas las cosas, los pre humanos hacían simplemente lo que estaban programados a hacer: sobrevivir. Ahora lo de sobrevivir ya no tiene mérito y tenemos que lidiar con preocupaciones (maldita sea) mucho más banales.

Así que la única manera que tiene el hombre para enfrentarse a vicisitudes modernas, tan mundanas pero complejas a la vez, es el método del ensayo y error. Sólo podemos saber lo que queremos descartando lo que no queremos y, para ello, hay que lanzarse a la piscina sin manguitos, a pelo. Probar, probar y probar.

Para encontrar la salida de un laberinto no parece muy buena opción sentarse a hacer hipótesis de recorridos y posibles salidas. Lo más lógico sería echarse a andar, elegir un camino y, si nos topamos con una pared que no nos deja avanzar, retroceder al punto de origen y repetir el mismo proceso hasta que encontremos la salida. Esto mismo es lo que tenemos que hacer cada día para poder ir sumando checkpoints de aprendizaje, es decir, poner un tick en todas aquellas acciones o decisiones que está clínicamente probado que funcionan con nosotros.

Aunque parezca que vuestro cerebro va a mil por hora cuando tenéis que tomar una decisión importante, sabed que  D no es igual a V por T en el espacio intracraneal. Lo más complicado es dar el primer paso, poner la postura del flamenco y dejarse caer hacia un lado. Cumplid a rajatabla las leyes de la física, que las leyes están para eso y dad un paso en cualquier dirección. Veréis como se os abre un camino… o se os cierran treinta, pero oye, algo empezaréis a sacar en claro.


Caminante no hay camino, se hace camino al andar.

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