Cuestión de perspectiva
Sobre las escaleras, el síndrome de insatisfacción crónica y los dependientes de Stradivarius
Calidad Henkel
Decía William Shakespeare: "si todo el año fuera fiesta, divertirse sería más aburrido que trabajar". Porque en esto de la vida, todo es cuestión de perspectiva. El mejor ejemplo de ello es preguntar a un gallego si una escalera sube o baja. Depende, te contestará. Y tendrá razón.
Otra guerra completamente distinta es saber qué significa eso si lo extrapolamos a la vida diaria, con sus escalones cotidianos, los del metro, los de la clase social, los de Penrose... Yo tengo una teoría al respecto.
En este mundo que moramos hay tres tipos de escaleras: las que van a un sitio al que queremos ir, aquellas que nos llevan a lugares donde tenemos que ir (véase por narices) y las que ansiamos subir aunque en realidad no nos llevan a ningún lado (estas últimas las más absurdas y, pardiez, las más intrigantes)Las que pateamos cada día con todos sus peldaños contantes y sonantes son las segundas, pero las que miramos de reojo, deseando hincarles el diente, son las terceras (que unas veces nos meten en bucles infinitos o en otras nos lanzan al vacío sin previo aviso) mientras que las primeras son, en buena lógica, las que deberíamos tomar(y, diantre, que normalmente no lo hacemos)
*(Créeme que esta escalera es de las que llegan a alguna parte. Hay un subtexto en este embrollo escalerístico, ten fe, j'arrive)
Sin embargo, la cuestión de fondo es que una vez arriba del todo, cuando has conseguido encaramarte al final de la escalinata que creías querer subir, te encuentras con un visitante inopinado. El síndrome de insatisfacción crónica acecha, agazapado, con pérfidas intenciones, dispuesto a pegarnos una patada en nuestro ingenuo trasero y devolvernos al punto de partida con un poco más de desconcierto que antes y con bastante menos amor propio. Me explico.
Todo el esfuerzo e ilusiones invertidos ahora nos parecen inútiles. Una vez llegados a ese punto nos damos cuenta de que realmente no nos satisface tanto como pensamos y lo mandamos a freír monas. Como Íñigo Montoya, que pasó veinte años persiguiendo vengar la muerte de su padre, una vez logra redimirse se queda vacío, sin objetivo existencial. Así nos sentimos los Madame Bovarys de este mundo, decepcionados por la vida que vivimos, ansiando siempre tener lo que no podemos alcanzar.
Y así, aburridos por lo mundano, cogemos el 25. Sin futuro y sin un duro, ponemos rumbo al centro, para ejercitar ese deporte tan contemporáneo que es mirar ( y desear) lo que no podemos tener. LLegamos al lugar señalado, los planetas se han alineado. Nunca pagar fue una tarea tan placentera. Tanta belleza reunida bien vale el paseo, y con frío y bajo la lluvia incluso. ¿Qué pasaría si alguno de ellos osara obsequiarnos con sus atenciones? Ya te lo digo yo... pasaríamos del tema.
De modo que, siendo probable que denostemos lo conseguido por esa afección crónica que nos vuelve culos de mal asiento, lo más recomendable es que disfrutemos de cada peldaño, alarguemos los tramos intermedios de esas escaleras que no sabemos donde nos llevan porque, conociéndonos, tiraremos por tierra nuestros ímprobos esfuerzos por llegar arriba en cuanto cambie el viento.
Así pues, obsolescentes mentes del mundo... vuelvan al infierno del que nunca debieron salir y déjenme disfrutar del camino, copón!
Otra guerra completamente distinta es saber qué significa eso si lo extrapolamos a la vida diaria, con sus escalones cotidianos, los del metro, los de la clase social, los de Penrose... Yo tengo una teoría al respecto.
En este mundo que moramos hay tres tipos de escaleras: las que van a un sitio al que queremos ir, aquellas que nos llevan a lugares donde tenemos que ir (véase por narices) y las que ansiamos subir aunque en realidad no nos llevan a ningún lado (estas últimas las más absurdas y, pardiez, las más intrigantes)Las que pateamos cada día con todos sus peldaños contantes y sonantes son las segundas, pero las que miramos de reojo, deseando hincarles el diente, son las terceras (que unas veces nos meten en bucles infinitos o en otras nos lanzan al vacío sin previo aviso) mientras que las primeras son, en buena lógica, las que deberíamos tomar(y, diantre, que normalmente no lo hacemos)
*(Créeme que esta escalera es de las que llegan a alguna parte. Hay un subtexto en este embrollo escalerístico, ten fe, j'arrive)
Sin embargo, la cuestión de fondo es que una vez arriba del todo, cuando has conseguido encaramarte al final de la escalinata que creías querer subir, te encuentras con un visitante inopinado. El síndrome de insatisfacción crónica acecha, agazapado, con pérfidas intenciones, dispuesto a pegarnos una patada en nuestro ingenuo trasero y devolvernos al punto de partida con un poco más de desconcierto que antes y con bastante menos amor propio. Me explico.
Todo el esfuerzo e ilusiones invertidos ahora nos parecen inútiles. Una vez llegados a ese punto nos damos cuenta de que realmente no nos satisface tanto como pensamos y lo mandamos a freír monas. Como Íñigo Montoya, que pasó veinte años persiguiendo vengar la muerte de su padre, una vez logra redimirse se queda vacío, sin objetivo existencial. Así nos sentimos los Madame Bovarys de este mundo, decepcionados por la vida que vivimos, ansiando siempre tener lo que no podemos alcanzar.
Y así, aburridos por lo mundano, cogemos el 25. Sin futuro y sin un duro, ponemos rumbo al centro, para ejercitar ese deporte tan contemporáneo que es mirar ( y desear) lo que no podemos tener. LLegamos al lugar señalado, los planetas se han alineado. Nunca pagar fue una tarea tan placentera. Tanta belleza reunida bien vale el paseo, y con frío y bajo la lluvia incluso. ¿Qué pasaría si alguno de ellos osara obsequiarnos con sus atenciones? Ya te lo digo yo... pasaríamos del tema.
De modo que, siendo probable que denostemos lo conseguido por esa afección crónica que nos vuelve culos de mal asiento, lo más recomendable es que disfrutemos de cada peldaño, alarguemos los tramos intermedios de esas escaleras que no sabemos donde nos llevan porque, conociéndonos, tiraremos por tierra nuestros ímprobos esfuerzos por llegar arriba en cuanto cambie el viento.
Así pues, obsolescentes mentes del mundo... vuelvan al infierno del que nunca debieron salir y déjenme disfrutar del camino, copón!

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