miércoles, 8 de enero de 2014

Efectos secundarios

Del Síndrome de Estocolmo, las relaciones tóxicas y el Gin Tonic Revival


Aquí Patty Hearst posando para su foto de perfil de Facebook

Suecia es un país sorprendente y no sólo porque hayan conseguido colonizar silenciosamente todas las casas del mundo mundial con muebles cuyos nombres eres incapaz de pronunciar sin sufrir un esquince lingual, ni tampoco porque sus hembras hayan sido durante décadas el icono sexual de la España Cañí, ni porque, sensu contrario, para la libido femenina sus machos sean lo más parecido a una castración química. Ni siquiera porque a veces nos obsequien con su particular sentido del humor en las nominaciones a los Premios Nobel de la Paz.
Lo insólito de Suecia es que un país tan civilizado pueda ser la sede de una taradez tan genuinamente propia de la antigua Grecia como es el síndrome de Estocolmo.

Esta patología psiquiátrica consiste en que un rehén acaba estableciendo un fuerte vínculo con su captor. Vale, pero ¿y esto que tiene que ver con los suecos? te preguntarás. Hubo una vez un robo en un banco en los años 70 en el que algunas de las rehenes, a pesar de afrontar una situación de alto riesgo para sus vidas por la conducta violenta del atracador, acabaron protegiéndolo para evitar que fuera atacado por la Policía e incluso, posteriormente, alguna declaró que “confiaba plenamente en él”. Y, ¿dónde ocurrió esto? Pues echa cuentas. El psiquiatra que colaboraba con la Policía se cubrió de gloria al bautizar esta reacción como síndrome de Estocolmo. Esto es como aquel del chiste: –Me temo que usted tiene el síndrome de Turner -¿Y eso es grave, doctor? -No lo sabemos, Sr. Turner. Un prodigio de inventiva, oiga.

Bueno, que me pierdo en detalles, la cuestión que daba pistoletazo de salida a esta entrada era el Síndrome de Estocolmo y la foto que lo preside es la de Patty Hearst, en su versión guerrillera, la nietísima de William Randolph Hearst (el magnate de la prensa amarilla) que fue la que hizo mundialmente famoso el término y que me sirve para enlazar con mi anterior aportación a esta libreta de pajas mentales. Si recordáis en mi última entrada hablaba de las princesas Disney y encabezaba con la foto de una insurgente Jasmine. Pues bien, aquí repetimos mujer de armas tomar y, atiende un momento, ¿no te has parado a pensar en que la historia de La Bella y la Bestia es un monográfico sobre el Síndrome de Estocolmo? (y quizás aderezado con unas notas de zoofilia para rematar la faena)

Pero, más espeluznante todavía, es que no hace falta una ametralladora ni una bestia parda para secuestrar personas, que ahí es donde quiero llegar, chavales. El síndrome de Estocolmo es un nombre elegante para llamar a una relación tóxica, de esas que consumen, de las que crean rehenes. A veces llegamos nosotros solos y nos metemos en la boca del lobo, e incluso no es descabellado que obliguemos al lobo a comernos, como aquel chalado que respondió al anuncio de un tío que quería degustar carne humana y se ofreció como plato único. Porque esto de las relaciones tóxicas lo mamamos desde pequeños. Mira Calisto y Melibea, El gordo y el Flaco, Romeo y Julieta, Tom y Jerry, Edward y Bella, El coyote y el Correcaminos... hay miles de ejemplos de este ni contigo ni sin ti.

Con eso nos envenenan la salud emocional, te lo digo. Pensamos que tiene que ser difícil, que el sacrificio recibe después su recompensa, que debe hacernos sufrir. "Quien bien te quiere, te hará llorar...", dice el dicho. "Y un pijo!", digo yo. Esto es una milonga, señores, un cuento chino que posiblemente viene de esa costumbre tan cristiana de sufrir hoy para esperar lo bueno en la otra vida. Pues escúchame una cosa: que no te la den con queso! El amor, la amistad y, en general las relaciones humanas, cuando son buenas (verdaderamente buenas y saludables) son fáciles, salen solas, casi sin querer, y se van asentando por su propio pie, sin forzar la máquina.

Porque todo lo que no sea natural es como la fiebre revival del gin-tonic. A algún tunante (con una destilería de ginebra, casi seguro) se le ocurrió la feliz idea de resucitar el combinado más rancio y pureta jamás inventado. Una bebida que solo ingeriría a punta de pistola y siempre que la otra opción fuera sufrir ardor de estómago. El caso es que con decir que estaba de vuelta, de un tiempo a esta parte se ha convertido en lo más chic del hanamachi. Y yo me niego; que en esto de las modas también hay mucho de relación tóxica y por ahí no paso... o al menos mientras no encuentre a mi lobo, que ya sabes lo que dice la canción: "dame veneno, que quiero morir..."

Y como no puede ser de otro modo, cierro el chiringuito con una moralina, tal y como marca el libro de estilo de nuestro querido y ya celebérrimo duchalibre.blogspot.com.es. 
Al final vas a hacer lo que quieras, y eso es algo que sabemos todos, pero si eres Superman y te encanta tu collar de kryptonita que seas consciente de que lo que haces te debilita. Lo importante es saber cuáles son los efectos secundarios.

Quiérete un poco y busca a alguien que te pinte el mundo de color de rosa, cuida mucho a aquellos que hacen tu existencia más fácil y más bonita sin pedir nada a cambio y pasa del gin-tonic y vuelve al calimocho, que la vida es demasiado breve para leer tonterías en un blog.
Así que no me hagas ni puto caso y sal ahí y equivócate... pero mucho ojo con los efectos secundarios. 


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