Sobre el alioli, la resiliencia y las películas de David Lynch
El ajo (o alioli, en catalán) es un elemento bastante peculiar. Según decía la Beckham, es el olor de España; según cuenta la leyenda, es el inhibidor de vampiros más poderoso que existe; según los decanos de la medicina, es bueno para mejorar la circulación (y por eso en Lepe los dejan en los arcenes de las carreteras) y, según cualquiera que haya comido pan de ajo antes de un evento multitudinario, es malo para las relaciones sociales.
A veces el alioli puede contribuir al cumplimiento de nuestros objetivos, aunque es un arma de doble filo: lo mismo te ayuda a ahuyentar a un interlocutor pertinaz, de esos que no entienden las indirectas, que por contra -y teniendo en cuenta la natural ironía de la vida- puede atraer al que pretendes espantar. Pero si quieres trasgredir, pinta saliéndote de la raya y deja el ajo para otro rato, que no me he traído Almax en el bolso.
Pero está visto que te gusta jugártela, así que cuando compras un billete de avión y aceptan el pago en especie, seleccionas la poca dignidad, esperanza e ilusión que te quedan y lo apuestas todo al 22 negro. Porque en las locuras que se hacen por amor pasa como con el ajo... que la jugada te puede salir bien o puedes sufrir ardor de estómago. Pero ya se sabe que nunca se sabe: el alioli es así de caprichoso, ya ves tú.
Lo que no sospechas es que, cuando llegues a tu destino, vas a descubrir que has viajado a dos sitios a la vez: a la capital de un pequeño país vecino y al olvido... así que la mejor medicina para las enfermedades del alma es toparse con la cruda realidad y verle la parte positiva, que puestos a morir, mejor de risa que de pena... La resiliencia está sobrevalorada.
Porque la vida es como las películas de David Lynch, en las que te embarcas con una idea y tras una larga cola de facturación (en la que tratas de anticiparte al momento crítico de pesado de tu maleta, y abres, reubicas y aplastas y te preguntas si con eso valdrá), te dicen que nanai de la china y te dan dos opciones: o pagas más o decides ir por la vida con lo puesto. Esta vez eliges vivir sin pararte demasiado a pensar qué necesitarás allá donde vayas. Improvisas y te dejas llevar. Y es muy probable que, en esa película de David Lynch que es la vida, nunca vaya a pasar lo que esperas, y en eso precisamente está el encanto del asunto y su parte más cruel.
"Que uno sabe por los palos, -no por los años-, que no hay que esperar nada de nadie; que prefiero crear mi felicidad a perseguirla; que me preocupa más mi conciencia que mi reputación, porque mi conciencia es lo que soy, y la reputación es lo que otros piensan de mí ...y lo que los demás piensen de mí no es mi problema, sino suyo".
Lo que no sospechas es que, cuando llegues a tu destino, vas a descubrir que has viajado a dos sitios a la vez: a la capital de un pequeño país vecino y al olvido... así que la mejor medicina para las enfermedades del alma es toparse con la cruda realidad y verle la parte positiva, que puestos a morir, mejor de risa que de pena... La resiliencia está sobrevalorada.
Porque la vida es como las películas de David Lynch, en las que te embarcas con una idea y tras una larga cola de facturación (en la que tratas de anticiparte al momento crítico de pesado de tu maleta, y abres, reubicas y aplastas y te preguntas si con eso valdrá), te dicen que nanai de la china y te dan dos opciones: o pagas más o decides ir por la vida con lo puesto. Esta vez eliges vivir sin pararte demasiado a pensar qué necesitarás allá donde vayas. Improvisas y te dejas llevar. Y es muy probable que, en esa película de David Lynch que es la vida, nunca vaya a pasar lo que esperas, y en eso precisamente está el encanto del asunto y su parte más cruel.
"Que uno sabe por los palos, -no por los años-, que no hay que esperar nada de nadie; que prefiero crear mi felicidad a perseguirla; que me preocupa más mi conciencia que mi reputación, porque mi conciencia es lo que soy, y la reputación es lo que otros piensan de mí ...y lo que los demás piensen de mí no es mi problema, sino suyo".
Ensayo y error, no hay otro método de saber si la cosa funciona. Comete todos los fallos que puedas; no te guardes nada para el viaje de vuelta, que la vida es un enigma y no hay que caer en la parálisis por el análisis sino simplemente fluir... porque nunca sabrás lo que pasará hasta que no lo pruebes. Vive hoy, que el mundo es de aquellos que persiguen lo que quieren y todos somos rosas efímeras.
Y recuerda que la vida no se mide por las veces que respiras, sino por aquellos momentos que te dejan sin aliento.

No hay comentarios:
Publicar un comentario