lunes, 2 de junio de 2014

La intensidad

Contra el sedentarismo, las autolimitaciones y los yogures con trocitos de frutas


Vivimos en un mundo de medias tintas, de aguas templadas, de arte que no da ni frío ni calor. El triunfo de la mayoría tiene ese tufillo de mediocridad que hace que todos se contenten sin que ninguno se quede satisfecho. Este gusto por lo moderado hace que nuestras vidas sean más llevaderas por su absoluta previsibilidad. Hoy en día, incluso ser diferente se ha convertido en una convencionalidad de la mano del postureo.

Nos hemos comprado un adosado en nuestra zona de confort, junto con todos aquellos que aspiran a vivir tranquilos en el anonimato de la comodidad que proporciona luchar por no bajar a segunda. Sin grandes sustos, ni decepciones, pero también sin intensidad. 
Sin embargo, la hipoteca que pagamos por ello va a ser de las que tienen letra pequeña y estamos cometiendo en el peor de los pecados, porque, nosotros -como Papillon- somos culpables del mayor crimen que pueda existir: malgastar nuestras vidas. Somos el tiempo que nos queda.

Vidas como bebidas sin gas. Automatismos fútiles. Vivir en mitad de la tabla. La normalidad como sello corporativo. Banderas a media asta del templo del carpe diem.

En este sedentarismo físico, mental y emocional nos encontramos todos inmersos, nos dejamos llevar por la corriente de lo corriente, sin querer apartarnos del camino de baldosas amarillas y parece que olvidamos que la vida es breve, que estos cuerpos serranos han venido a este mundo acompañados de esta cabeza para pensar y esta curiosidad para experimentar. O te mueves o caducas. Y, como dice el dicho,  "A rolling stone gathers no moss". Pues eso, a rodar.

Déjate de lamentos. Ponte la camiseta del Sí. Deja de pensar en qué es lo que otros quieren para ti y para tu vida, y empieza a pensar en qué es lo que tú quieres. Deja que tu voz te hable y haga su propia versión de esta canción... no te limites a seguir la letra del karaoke y dale una vuelta a tu mundo, ve a por lo que quieres, porque si no lo haces tú, nadie lo va a hacer por ti. Quizás nunca lo consigas, pero que te quiten lo bailao. Aparca el pesimismo y las estrecheces de miras y si alguien tiene que decirte que No, que sea otro y no tú mismo quien te corta el paso.

Y si tienes comprobado que no te convencen los yogures de frutas... no los compres, carajo! Anda que no hay variedades en la sección de refrigerados de la vida para caer siempre en los mismos errores... Utiliza tu buena memoria para recordarte que no te gusta su textura, que siempre te acabas preguntando en qué estado habrían metido esa fruta ahí y que te terminan sentando mal por pura sugestión. Así que ve al supermercado con la lección aprendida y acuérdate de traer lo que tú quieres de allí, no lo que nadie te diga que tienes que traer... y mucho menos los malditos yogures con trozos!

Porque en esta vida hay que tener el coraje para cambiar las cosas que se pueden cambiar, la serenidad para aceptar las cosas que no se pueden cambiar y la inteligencia para distinguir unas de otras.



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