Tres historias y una que aún no sabe que lo es
Historia A
Julio César, al mando de un ejército a orillas del río Rubicón, echó la vista hacia el horizonte y guardó silencio. Era consciente de que iba a tomar una decisión importante. Se iba a enfrentar a todo el Senado romano para proclarmarse Cónsul y Dictador Vitalicio. Dijo en voz alta, “La suerte está echada” y avanzó hacia la capital sin que nadie pudiese detenerlo.Esta anécdota ha sido recogida por la psicología como el Modelo Rubicon. Consiste en una post-fase de la toma de decisiones en la cual, una vez tomada la decisión ya no se puede dar marcha atrás. Quiere señalar que se debe tener cuidado con la decisión que se toma puesto que una vez tomada existe un compromiso ineludible a ella.
Otro concepto interesante surge cuando existe una sobrecarga de decisiones. Nos dicen que somos un cúmulo de decisiones que tomamos a lo largo del día: té o café, pan integral o normal, metro o coche, pollo a la plancha o hamburguesa, ¿me quedo a tomar unas cañas o no? Esta sobrecarga es conocida como Fatiga de la decisión. El individuo llega al límite al final del día. Ha tomado tantas decisiones que ya no sabe qué elegir. Y señala Wikipedia la siguiente paradoja: “People who lack choices seem to want them and often will fight for them. Yet at the same time, people find that making many choices can be [psychologically] aversive”.
Una de las conclusiones que se extraen es que se desgasta la energía del individuo en decisiones banales y que, a la hora de tomar una decisión importante, el cansancio es tan grande que se suelen cometer más errores y que uno se inclina a tomar decisiones poco adecuadas.
Esta Fatiga de la Decisión conlleva a otro concepto llamado Ego Depletion, un agotamiento de la voluntad propia para tomar decisiones, llegando en el peor de los casos, a evitar tomar decisión alguna.
Historia B
Que te toque un compañero de avión normal es una lotería. Con normal me refiero a que no moleste durante el trayecto, que sea limpio, educado, silencioso y, sobre todo, aseado. No es ninguna tontería. El azar asigna tu asiento como quiere sin tener tus preferencias en cuenta. Llego al 27B y cruzo los dedos por tener un viaje tranquilo. Son 11 horas y quieres que pasen lo más rápido posible. Aunque hagas check-in online tampoco te aseguras un viaje confortable; solo el poder levantarte cuando quieras para ir al servicio sin molestar a los de al lado o mirar por la ventana; poco más.
Me acomodo como puedo en mi sitio. Como en esta vida hay que ser agradecido, empiezo agradeciendo que los hombres que tengo a mis dos lados sean de complexión normal (el americano con unos kilos de más). Esto me asegura que no invadirán mi asiento con sus brazos. Los dos tienen sus cascos en sus manos. Esto significa que tienen pensado pasar el tiempo escuchando música y/o viendo las películas de turno, lo cual, no vienen con ganas de hablar.
Al poco rato del despegue noto que huele mal. Intento disimular mi malestar y me pongo a averiguar con la vista, los oídos y el olfato a qué se debe. Estupendo, al americano de al lado le huele el aliento. Me desespero pero intento calmarme. Tengo que hacerme a la idea de que no me queda otra que aguantar.
Me saltaré el lapsus de las 10 horas y 45 minutos de viaje que vinieron después porque no aportan nada al post.
Aterrizamos en Londres con retraso. Son las 14:30 y esa es la hora en la que supuestamente debería estar embarcando para el siguiente vuelo. Sigo manteniendo la calma pensando cómo saltarme las colas del control. Le pregunto a la azafata si cree que conseguiré coger el siguiente vuelo. Resulta que el americano también va a Madrid. La guapísima azafata, sin perder su sonrisa perfilada, nos dice que vamos a tener que correr, pero que no me preocupe porque hay mucha gente que hace escala con ese vuelo y que tienen que cargar las maletas y que eso lleva su tiempo.
Salgo corriendo del avión infernal y consigo hacerme con una Express Connections, una tarjeta naranja fosforita que te da vía libre para saltarte las colas. “Miss XXXXX, yes, you’re on list. Take this card and run”, me dijo un señor de origen hindú que tenía colgado de su cuello moreno un cartel que decía “Madrid”.
Heathrow estaba bulliciosa y la gente nerviosa. Esas colas no las he visto jamás. Seguro que son comparables a cuando un país está en guerra y la población quiere huir como sea. Una vez más, doy gracias en mi fuero interno: enseño mi tarjeta como si fuese el billete dorado de Willy Wonka para entrar en su fábrica de chocolate y consigo salir al paso. Veo de espaldas al americano que me dejó como recuerdo un memorable viaje y pienso por un instante “le voy a decir que se venga conmigo porque si no, no va a coger el vuelo”. También pensé “¿por qué debería hacerlo? he tenido un viaje horroroso por su culpa. Además, va con una maleta y no vamos a poder correr rápido (yo solo iba con una mochila a la espalda). Aún hoy me pregunto por qué no pasé de largo.
El americano y yo fuimos corriendo por los pasillos. Tuvimos que hacer un par de colas y nos hicimos amigos de una señora que iba a París y de otras que iban a Los Ángeles. Todos teníamos el avión a la misma hora y aún estábamos en el control, pero nos lo tomamos a risa y nos despedimos. Al final conseguimos coger el avión porque se retrasó. Agradecí una vez más a quien quiera que estuviese allí arriba que esta vez el asiento del americano no estuviese al lado mía.
Hubiese sido un buen comienzo para una novela al mezclar casualidades con decisiones impulsivas con el trasfondo de un viaje y un problema en común... Y pensar que lo me echó atrás seguir hablando con él fue porque no me gustó el libro que estuvo leyendo en su iPad…
Esto último también fue tomar una decisión.
Historia C
Una de las muchas virtudes de pasar una temporada fuera es que cuando vuelves, te enteras de las historias que han transcurrido en tu ausencia. La que más captó mi atención fue una de esas que ocurren cada fin de semana en cualquier ciudad donde haya jóvenes dispuestos a entregarse obedientemente a una noche loca. Visto objetivamente, no tiene ninguna novedad ni anécdota que la haga especial y que la distinga del resto de historias.
Me paré a pensar en ella porque había leído anteriormente los textos que menciono al principio del post. No encajan ni dan explicaciones científicas del comportamiento de ninguno de los protagonistas.
Sin embargo, sé que tienen algún tipo de pista.
En la Historia B, ¿qué hubiese pasado si hubiese pasado de largo del americano? ¿Por qué “me hice cargo” de que no perdiese su vuelo, porque íbamos en el mismo? Nadie me iba a recompensar por ello. Yo no obtenía ningún beneficio, salvo un sincero “Thank you”. ¿Me reconforta ayudar a alguien que lo necesita? ¿Era necesario poner en práctica mis ganas de ayudar en esa situación de emergencia?
En la Historia C, ¿por qué debido a una noche “loca” cambia por completo el amor que le tenía a él? ¿Es eso amor? ¿Si no lo es, entonces es capricho? ¿Por qué ella deja de lado toda su rutina y deposita su tiempo e ilusión en el otro? Está claro que lo que desea cada uno no coincide. ¿Entonces por qué buscar adrede un dolor que brotará en poco tiempo en el corazón de ella? ¿Fue de verdad una noche loca o le es más cómodo pensar que lo fue?
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Una sonrisa tímida y unas bromas inteligentes. Azul atento y rojo cautivador dispuestos a entablar una conversación pendiente, hasta en verso si es necesario.
¿Qué decisiones y dudas surgirán aquí?
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