Más cambios en el frente
Recuerdo que hasta no hace mucho me quejaba de que mi vida fuese monótona. La rutina ocupaba demasiado espacio. He releído el anterior post y en tan solo tres meses han ocurrido muchos cambios sustanciales, sobre todo en mí.
Tras un par de viajes los cambios continuaron sucediendo. Me ha dado mucha pena ver cómo se cierra un capítulo de mi vida porque sé perfectamente que no volverá a suceder. La nostalgia hacía knock-knock demasiado pronto. ¡No habían pasado ni 24 horas desde que ocurrió el último coffee break! Ay, las comidas, el parque, los chismorreos de la oficina, las miradas cómplices, las risitas ahogadas… Dios mío, no sé cómo pude contener mi risa con tantos memes, vídeos absurdos, chistes malos (y los buenos, que también hubo muchos):
- Qué mal disimulas ya la risa, tía. Ni con la tos esa que acabo de oír. Se te nota mazo, jajaja, me dijo Peña una vez.
Pero sobre todo la piña que hacíamos todos en mi grupo... Me estaba poniendo muy triste en un instante.
Como estaba en una especie de estado de shock, cogí mal el tren de vuelta a casa y me tuve que bajar en la siguiente parada. Este pequeño error fue perfecto. Sí, PERFECTO aunque tuviese que esperar 15 minutos el tren. Iba cargada con mis cosas. Dejaba un trabajo para incorporarme en breve a uno nuevo e iba con la casa a cuestas a mi siguiente destino. Repasé mi día. Tenía que ordenar mi cabeza. Sabía que seguiría caminando hacia delante, sabía que todo iba a salir bien, sabía que esto no era una despedida sino un Hasta luego, sabía que todavía me esperaba mucha vida que recorrer… y en ese caos mental, mirando de lejos el paisaje, el silencio de una estación perdida y una suave brisa agitando mi vestido recordé lo mejor del día: los halagos y los abrazos de despedida.
Desde que dije que me marchaba evité en todo momento la palabra “despedida” porque no quería acabar llorando… Y conforme escribo este post entiendo por qué siento tanta agitación en mi interior: porque no exterioricé lo que sentía en ese momento. Quería irme como si fuese a verles el lunes siguiente y no quise mostrarme débil.
Me di cuenta de que la imagen que tenía yo de mí misma difería de la que tenían mis compañeros sobre mí. Uno siempre es muy severo con uno mismo. Recibí tantos halagos, consejos y bonitas palabras de tantas personas a la vez... ¿Y abrazos? Ay, me agarraban y me mecían como si fuese un bebé. Me sentí muy agradecida, querida, arropada, admirada... Y sabía que eran sinceros. Eran cambios y sentimientos que tenía que recoger en el post para recordar lo que una vez sentí:
Aquí tienes la prueba, nena. Estás en otro punto de inflexión. Eres de verdad todo lo que te han dicho tus compañeros, así que sigue hacia delante, coge impulso y vuelaaaaa
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Quería evitar todo el jetlag posible y decidí, tras desempaquetar mi maleta y poner la lavadora, bajar a comprar fruta para aguantar el sueño al menos hasta las 21:00. El dependiente metió mi compra en la bolsa. Me dio el cambio en silencio y de forma muy natural metió en la bolsa una cajita pequeña. La había cogido de una pila de frambuesas que tenía en el mostrador.
- No, no. Cóbramelo, por favor - protesté.
El dependiente, de nacionalidad china, hizo caso omiso y me echó de la tienda agitando la mano violentamente.
- Que no, jajaja. ¿Cuánto es?
Había hecho una compra muy pequeña y no me importaba pagarlo.
El chino arrugó la cara sin dejar de agitar la mano y me dijo:
- Regalo.
Llamadme cursi si queréis pero este gesto me conmovió muchísimo y me lo tomé como una pequeña lección: ser siempre amable.
- Pues voy a volver, ¿vale?
El chino asintió sin añadir nada más.



